DELE C1 reading and use of language task 3: Opinion text
Comprensión de lectura y uso de la lengua, tarea 3
Read an opinion or feature article of 550 to 650 words and answer six questions with three options each.
Part of the 90-minute reading and use of language test: 40 questions, 25 points, in group 1 with writing and mediation. Every correct answer counts the same, and a wrong answer costs nothing.
Elogio del aburrimiento
Lea el texto y responda a las preguntas (1-6). Seleccione la opción correcta (a, b o c).
Suggested time: 14 min.
Elogio del aburrimiento
Hace unas semanas, en la sala de espera de un consultorio, hice un experimento involuntario: me había olvidado el celular en casa. Durante los cuarenta minutos que tardaron en llamarme no tuve más compañía que una revista de decoración de hace dos años y mis propios pensamientos. Confieso que los primeros diez minutos fueron incómodos, casi angustiosos. Después ocurrió algo que no me pasaba desde la adolescencia: me aburrí. Y, para mi sorpresa, la experiencia resultó bastante agradable.
Vivimos en una época que le ha declarado la guerra al aburrimiento. Cualquier hueco en la agenda, por breve que sea, se rellena de inmediato con un estímulo: la fila del supermercado, el semáforo en rojo, los segundos que tarda en cargar una página. Hay incluso aplicaciones que nos avisan cuando llevamos demasiado tiempo sin abrirlas. Las plataformas lo saben y compiten por esos minutos muertos con una eficacia que ya quisieran muchos gobiernos a la hora de recaudar impuestos. El resultado es que hemos perdido la costumbre de no hacer nada y, lo que es peor, hemos empezado a verlo como un síntoma de que algo anda mal.
Tampoco pretendo idealizar el tedio. Quien haya pasado una tarde de domingo lluviosa en un pueblo sin cine sabe que el aburrimiento prolongado puede ser una forma de sufrimiento, y no seré yo quien le recomiende a nadie volver a aquellas tardes interminables. Pero entre la desesperación del domingo eterno y la estimulación permanente debería haber un término medio, y tengo la impresión de que lo estamos perdiendo.
Los psicólogos que estudian el fenómeno coinciden en que el aburrimiento cumple una función: es una señal de que lo que estamos haciendo no nos satisface y nos empuja a buscar algo mejor. Cuando lo silenciamos con el primer entretenimiento que encontramos a mano, nos ahorramos el malestar, pero también la búsqueda. Es como tomar un analgésico cada vez que algo nos duele sin preguntarnos nunca por la causa.
Hay, además, una dimensión creativa que suele pasarse por alto. Muchas de las ideas que valen la pena aparecen en esos ratos en que la mente divaga sin rumbo, en la ducha, en un viaje en colectivo o mirando por la ventana, y rara vez cuando nos sentamos a buscarlas. Lo saben bien muchos escritores, que cuentan que sus mejores frases les llegaron mientras paseaban al perro. Si llenamos cada uno de esos ratos con videos de treinta segundos, no es extraño que tengamos la sensación de que cada vez se nos ocurren menos cosas.
Los defensores de la conexión permanente dirán que nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento, y tienen razón. El problema es otro: la incapacidad de soportar unos minutos sin ese acceso. Un adulto que no tolera esperar cinco minutos sin consultar una pantalla se parece demasiado a un chico al que le quitan un juguete.
No tengo una receta, y desconfío de quienes dicen tenerla. Dudo que la solución pase por tirar el celular al río o por anotarse en retiros de silencio que cuestan una fortuna. Me conformaría con algo más modesto: recuperar el derecho a aburrirnos un poco, sin culpa y sin la sospecha de estar perdiendo el tiempo. Desde aquella mañana en el consultorio, intento dejar el teléfono en el bolsillo mientras espero el colectivo. No siempre lo consigo. Pero las veces que lo logro, vuelvo a casa con la extraña impresión de haber estado en algún sitio.