Narrador: Número uno.
Andrés: Lucía, me han dicho por ahí que te han ofrecido el puesto de la oficina de Lisboa. ¿Es verdad o es otro de los rumores de la máquina de café?
Lucía: Es verdad, me lo propusieron el lunes. Y no sé qué hacer, la verdad. Profesionalmente es una oportunidad que no se me va a volver a presentar: más responsabilidad, un equipo propio, un sueldo mejor.
Andrés: ¿Pero?
Lucía: Pero mi pareja acaba de abrir su consulta aquí y no se puede mover en al menos dos años. Y eso de vivir cada uno en una ciudad no lo veo. Ya lo probamos cuando estudiábamos y casi acabamos fatal.
Andrés: Hombre, no es lo mismo. Entonces erais unos críos. Además, Lisboa está a una hora de avión, y hay gente que se organiza la vida de formas mucho más complicadas.
Lucía: Ya, eso me dice todo el mundo. Lo que pasa es que nadie me pregunta si yo quiero vivir así.
Andrés: Tienes razón, perdona. ¿Y no has pensado en negociar? A lo mejor te dejan trabajar desde aquí parte de la semana. La directora te tiene en mucha estima, y si se lo planteas bien, no creo que te diga que no a la primera.
Lucía: Pues no se me había ocurrido, fíjate. Me daba miedo que pensaran que no estoy comprometida con la empresa. Pero tienes razón, preguntar no cuesta nada. Como mucho, me dirán que no y me quedaré igual que estoy.
Andrés: Pues eso. Y si al final te vas, prométeme que me buscarás un hueco en tu equipo.
Lucía: Eso ya lo veremos. Primero déjame resolver lo mío.
Narrador: Número dos.
Empleado: Servicio de equipajes, buenos días, le atiende Julián. ¿En qué puedo ayudarla?
Clienta: Buenos días. Llamo porque mi maleta no llegó en el vuelo del martes desde Bogotá y todavía no sé nada de ella. Tengo aquí el resguardo de la reclamación.
Empleado: Muy bien, ya la tengo localizada. Le traigo buenas noticias: su maleta llegó anoche en el último vuelo y la entrega está prevista para mañana por la mañana en el hotel que usted indicó.
Clienta: Ese es precisamente el problema. Mañana a primera hora dejo el hotel y me voy a casa de unos familiares, a las afueras. No pienso quedarme esperando una maleta que tendría que haber llegado hace tres días.
Empleado: Lo entiendo perfectamente. Podemos cambiar la dirección de entrega sin ningún coste. Solo necesito que me confirme la nueva dirección y un teléfono de contacto.
Clienta: De acuerdo. Y otra cosa: durante estos días he tenido que comprarme ropa y algunos artículos de aseo. Eso, ¿quién me lo paga?
Empleado: La compañía le reembolsa los gastos de primera necesidad mientras el equipaje está retrasado. Tiene que enviarnos las facturas escaneadas a través del formulario de la página web, en un plazo de veintiún días desde que reciba la maleta.
Clienta: ¿Y entra todo? Porque una chaqueta tuve que comprarme, que aquí hace un frío que pela.
Empleado: Siempre que sea razonable, sí. Lo que no cubrimos son artículos de lujo o compras que no tengan que ver con la falta del equipaje. Le aconsejo que guarde también los justificantes de la tarjeta, por si acaso.
Clienta: Bueno, menos mal. Pues apunte la nueva dirección, que se la dicto.
Narrador: Número tres.
Ernesto: ¿Te has enterado de lo de Nacho? Ha dejado el banco. Después de quince años, así, de un día para otro.
Pablo: Algo me había contado, sí. Quiere abrir una panadería en el barrio, ¿no? Lleva media vida hablando de eso.
Ernesto: Hablando, exacto. Una cosa es hacer pan los domingos para los amigos y otra muy distinta levantarse a las cuatro de la mañana todos los días. Y con dos hijos y una hipoteca, no sé yo.
Pablo: Hombre, tampoco es un chaval que se lance sin pensar. Me dijo que lleva dos años ahorrando y que ha hecho un curso de gestión de pequeños negocios. Y su mujer está de acuerdo, que no es poco.
Ernesto: Ya, ya. Si yo no digo que no le vaya a salir bien. Pero en esa calle ya hay dos panaderías, y una es de una cadena que vende la barra a cuarenta céntimos. ¿Cómo va a competir con eso?
Pablo: Pues precisamente no compitiendo en precio. Él quiere hacer pan de masa madre, de fermentación lenta, de ese que se paga más caro. Y en el barrio se está instalando mucha gente joven que busca justo eso.
Ernesto: Si tú lo dices. Yo, desde luego, no dejaría un sueldo fijo por un horno.
Pablo: Ya lo sé, por eso tú sigues donde estás y te pasas el día quejándote de tu jefe. A mí, sinceramente, me da envidia. Ojalá yo tuviera el valor de hacer algo así.
Ernesto: Bueno, bueno, tampoco te pases. Lo que sí haré es ir a comprarle pan el primer día, a ver si es tan bueno como dice.
Narrador: Número cuatro.
Carmen: Perdone, Ramón, ¿tiene un minuto? Quería preguntarle por los andamios que han puesto esta mañana en la fachada. A mí nadie me ha avisado de nada.
Ramón: Buenos días, Carmen. Se habló en la junta de marzo, la que se aplazó por la lluvia. Se aprobó por mayoría rehabilitar la fachada y cambiar las bajantes, que ya no daban más de sí.
Carmen: Pues esa junta me la perdí, estaba en el pueblo con mi madre. Y en el acta que me dejaron en el buzón no ponía nada de andamios en mayo.
Ramón: Tiene razón en que el acta no daba fechas, porque entonces no las teníamos. La empresa nos las confirmó la semana pasada y lo colgamos en el tablón del portal. Comprendo que se le haya pasado.
Carmen: ¿Y cuánto va a durar esto? Porque yo trabajo desde casa y con el ruido de los martillos no hay quien se concentre.
Ramón: Unos tres meses, si el tiempo acompaña. Los trabajos más ruidosos se harán por las mañanas, de nueve a dos, y por las tardes solo pintarán.
Carmen: Ya. ¿Y el dinero? Supongo que nos tocará pagar un dineral.
Ramón: Ahí le doy una buena noticia. El ayuntamiento subvenciona la mitad, porque el edificio está en la zona protegida. A cada propietario le tocan unos dos mil euros, y la junta acordó que se puedan pagar en diez cuotas, sin intereses.
Carmen: Bueno, visto así, no es para tanto. Pero la próxima vez, avísenme por teléfono, que el tablón no lo mira nadie.