B Era frecuente que cada compañía extendiera a toda su red la hora de la ciudad donde estaba su sede.
Each railway company chose its own time, and lo más frecuente era que adoptara la hora de la ciudad donde tenía su sede y la impusiera en todas sus estaciones. A is contradicted earlier in the talk: before the railways nobody minded the difference (¿Le importaba eso a alguien? En absoluto.), because on a three-day coach journey a quarter of an hour daba exactamente igual. C is the opposite of what he says about the conversion tables: casi nadie era capaz de descifrar them.
E En una ciudad británica se conserva un reloj que refleja la convivencia de dos horas.
The clock on Bristol's old exchange has two minute hands, one for local time and one for London time, and the speaker calls it the best summary of aquella época de transición. D is wrong because muchas ciudades se resistieron durante años a aceptarla.
F Fueron las empresas ferroviarias, y no los gobiernos, las que dividieron Norteamérica en franjas horarias.
In November 1883 the railway companies of the United States and Canada divided the territory into time zones sin esperar a que ningún gobierno aprobara una ley, which he sums up as a solution that came por la vía del comercio. G overstates the Washington conference: muchos países tardaron décadas en adoptar ese sistema.
I La unificación horaria cambió la valoración social de la puntualidad.
With unified time la puntualidad pasó a considerarse una virtud moral, and lateness a lack of respect, whereas before an appointment a media mañana was reasonable. H reverses the order of events: factories ya medían el tiempo de trabajo desde hacía décadas and found an ally in railway time.
K Los debates actuales sobre el cambio de hora reproducen tensiones del pasado.
Debates about abolishing the clock change bring back exactamente las mismas tensiones de hace siglo y medio. J contradicts nadie sale hoy a la calle a defender la hora solar de su pueblo, and L contradicts his conclusion that official time no está escrita en ningún lugar de la naturaleza and is an agreement between interests.
Conferenciante: Buenas tardes. Si les pregunto ahora mismo qué hora es, casi todos ustedes mirarán el teléfono, y casi todos me darán la misma respuesta, con una precisión de minutos. Nos parece lo más natural del mundo. Pues bien, lo que quiero contarles esta tarde es que esa coincidencia es un invento bastante reciente, que tiene poco más de siglo y medio, y que no se lo debemos ni a los astrónomos ni a los relojeros, sino a los ferrocarriles.
Conferenciante: Durante la mayor parte de la historia, cada localidad se regía por su propia hora solar. Era mediodía cuando el sol alcanzaba su punto más alto, y como el sol no pasa por todos los lugares a la vez, la hora variaba de una ciudad a otra. Entre dos ciudades separadas por unos cientos de kilómetros de este a oeste podía haber una diferencia de quince o veinte minutos. ¿Le importaba eso a alguien? En absoluto. Si uno tardaba tres días en diligencia en llegar a otra ciudad, daba exactamente igual que el reloj de la catedral fuera allí un cuarto de hora por delante. El viajero ajustaba su reloj de bolsillo al llegar, en el caso de que tuviera uno, cosa que no era nada habitual.
Conferenciante: El tren lo cambió todo en muy pocos años. Por primera vez, un viajero podía recorrer en una mañana la distancia que antes le llevaba una semana, y lo hacía siguiendo un horario impreso. Y aquí empezaron los problemas. ¿Con qué hora se elaboraba ese horario? Cada compañía resolvió la cuestión a su manera. Lo más frecuente era que adoptara la hora de la ciudad donde tenía su sede y la impusiera en todas sus estaciones. El resultado fue un auténtico laberinto. En algunas estaciones donde coincidían varias compañías había dos o tres relojes en la misma pared, cada uno con una hora distinta, y los viajeros que tenían que hacer transbordo debían calcular por su cuenta cuántos minutos les quedaban para cambiar de tren. Las guías de viaje de la época incluían largas tablas de conversión que, según los testimonios que conservamos, casi nadie era capaz de descifrar.
Conferenciante: En Gran Bretaña, las compañías ferroviarias fueron adoptando la hora de Greenwich a mediados del siglo diecinueve, y esa hora se conoció popularmente como la hora del tren. Muchas ciudades se resistieron durante años a aceptarla. Hay un ejemplo precioso en Bristol. El reloj de la fachada de su antigua lonja tiene dos minuteros: uno marca la hora local y el otro la de Londres, que va unos diez minutos por delante. Ese reloj sigue allí, por cierto, y me parece el mejor resumen de aquella época de transición. Es una ciudad que no quería renunciar a su hora, pero que tampoco podía permitirse perder el tren, y nunca mejor dicho.
Conferenciante: La solución definitiva no llegó por la vía de la ciencia, sino por la del comercio. En noviembre de mil ochocientos ochenta y tres, las compañías ferroviarias de Estados Unidos y Canadá decidieron, sin esperar a que ningún gobierno aprobara una ley, dividir el territorio en grandes franjas horarias. La prensa habló entonces del día de los dos mediodías, porque en algunas ciudades las campanas dieron las doce dos veces, primero con la hora antigua y después con la nueva. Un año más tarde, una conferencia internacional reunida en Washington eligió el meridiano de Greenwich como referencia para todo el planeta. Pero conviene no engañarse. Muchos países tardaron décadas en adoptar ese sistema, y algunos lo hicieron a regañadientes, porque aceptar la hora de Greenwich era, para ellos, aceptar la hegemonía británica.
Conferenciante: Lo que más me interesa de esta historia, sin embargo, no es la técnica, sino lo que nos hizo a nosotros. Con la hora unificada llegó una nueva idea de la puntualidad. Hasta entonces, quedar con alguien a media mañana era una indicación perfectamente razonable. A partir de ese momento, la puntualidad pasó a considerarse una virtud moral, y la impuntualidad, una falta de respeto. Las fábricas, que ya medían el tiempo de trabajo desde hacía décadas, encontraron en el reloj del ferrocarril un aliado formidable. Y los niños empezaron a aprender en la escuela que el tiempo es algo que se puede perder, ahorrar o malgastar, igual que el dinero.
Conferenciante: Ustedes me dirán que todo esto es historia antigua. No lo es tanto. Cada vez que se discute si conviene suprimir el cambio de hora de primavera y de otoño, reaparecen exactamente las mismas tensiones de hace siglo y medio: la ventaja de compartir la hora con nuestros vecinos, por un lado, y por otro el deseo de que el reloj se parezca un poco más al cielo que tenemos encima. Es verdad que nadie sale hoy a la calle a defender la hora solar de su pueblo. Pero quien se queja de que en invierno anochece demasiado pronto, o de que en verano los niños no quieren acostarse porque todavía es de día, se está haciendo, sin saberlo, la misma pregunta que se hacían los vecinos de Bristol: a quién pertenece la hora.
Conferenciante: Termino ya. La próxima vez que miren el teléfono para saber qué hora es, piensen que esa cifra no está escrita en ningún lugar de la naturaleza. Es un acuerdo y, como todos los acuerdos, es el resultado de una negociación entre intereses distintos. Lo verdaderamente extraordinario es que lo hayamos olvidado tan deprisa. Muchas gracias.