Ramiro: Yo no soy de los que piensan que hay que cerrar la puerta a cualquier reclamación, que quede claro desde el principio. Cuando una pieza salió de su país por la fuerza, en una guerra o en un saqueo, y eso se puede documentar, devolverla me parece la única respuesta decente. El problema es que la mayoría de los casos no son tan claros.
Lucía: Ahí no estoy de acuerdo. Los casos dudosos son bastantes menos de lo que se dice. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo nadie se ha molestado en averiguar cómo llegaron las piezas a las vitrinas, y eso no es casualidad, porque mientras no se investiga, no hay nada que devolver.
Ramiro: En eso tengo que darte parte de razón. En mi propio museo hay objetos de los que sabemos muy poco, comprados a coleccionistas en los años sesenta con unos papeles que hoy no convencerían a nadie. Hace dos años contratamos a dos investigadoras solo para reconstruir el recorrido de cada pieza, y te confieso que algunos resultados no me han gustado nada.
Lucía: Pues eso ya es mucho más de lo que hacen otros. Pero luego está el argumento de siempre, el que sale en todos estos debates: que las piezas se conservan mejor aquí que en su lugar de origen.
Ramiro: Bueno, es que en algunos casos es verdad.
Lucía: En algunos casos lo será, no lo discuto. Pero a mí ese argumento me parece profundamente paternalista. Viene a decir que los dueños legítimos de un objeto no saben cuidarlo y que, por lo tanto, es mejor que lo cuidemos nosotros. Y además parte de una idea muy nuestra de lo que significa conservar. Para algunas comunidades, un objeto ceremonial tiene que usarse, aunque eso lo desgaste, y si un día se estropea, eso también forma parte de su vida. Es su decisión, no la nuestra.
Ramiro: Ya, pero entonces el resto del mundo pierde la posibilidad de conocerlo. Los museos tenemos una función pública, y no solo para los ciudadanos del país donde estamos.
Lucía: Te pongo un ejemplo que conozco bien, porque participé en las negociaciones. Hace unos años, un museo europeo devolvió a una comunidad de la sierra peruana un bastón de mando que llevaba un siglo en un almacén. Nadie lo había visto en décadas. Después de la devolución, la propia comunidad propuso prestarlo para una exposición, y de ahí salió un proyecto de investigación conjunto que todavía sigue. O sea, que devolver no significa cortar la relación. Muchas veces es la manera de empezarla en otros términos.
Ramiro: Es un caso precioso, pero no siempre sale así. Por eso yo insisto en que hay fórmulas intermedias. Los depósitos de larga duración, por ejemplo. Se reconoce que la pieza pertenece al país de origen, y aun así puede seguir expuesta aquí durante el tiempo que se pacte, o al revés.
Lucía: Siempre que la otra parte lo acepte libremente, me parece bien. Lo que no admito es que se use como excusa para no devolver nada.
Ramiro: Yo tampoco lo admitiría. Y te diré otra cosa. Algunos colegas proponen fijar una fecha, de modo que nada de lo que entró en las colecciones antes de esa fecha se pueda reclamar. A mí eso me parece un error. Una fecha no convierte en legítimo lo que no lo fue.
Lucía: Mira, en eso estamos completamente de acuerdo.
Ramiro: Y hay algo que me ha sorprendido en los últimos años. Antes, los visitantes miraban la pieza, leían la cartela y pasaban a la siguiente vitrina. Ahora cada vez más gente nos pregunta cómo llegó el objeto hasta aquí. Por eso estamos rehaciendo las cartelas para contar también ese viaje, aunque a veces no sea una historia bonita.
Lucía: Me parece un buen comienzo. Contar la verdad sobre el viaje de un objeto ya es una forma de reparación.