La consulta que cabe en una pantalla
Hace apenas una década, la idea de que un médico pudiera diagnosticar una infección de oído a través de la cámara de un teléfono habría sonado a ciencia ficción. Hoy, en muchos centros de salud, las videoconsultas forman parte de la rutina diaria. La pandemia aceleró un cambio que llevaba años anunciándose, y lo que empezó como una solución de emergencia se ha convertido en una forma más de atender a los pacientes. Ahora toca preguntarse para qué sirve de verdad la telemedicina y dónde están sus límites.
Sus defensores tienen argumentos de peso. Para quien vive lejos de un hospital, una consulta por video puede ahorrar horas de viaje y un día de trabajo perdido. «Tengo pacientes que tardaban tres horas en llegar al consultorio para que yo les renovara una receta o les explicara unos análisis», cuenta Valentina Rojas, médica de familia en una zona rural del sur de Chile. «Ahora resolvemos esas consultas en diez minutos, y ellos pueden quedarse en su casa o en su trabajo». Las personas con movilidad reducida, los cuidadores que no pueden dejar solo a un familiar y los pacientes crónicos que necesitan revisiones frecuentes figuran entre quienes más se benefician.
Los gestores sanitarios ven, además, una oportunidad para aliviar las listas de espera. Cada consulta que se resuelve a distancia libera un hueco en la agenda presencial para quien realmente necesita que lo exploren. Algunas especialidades, como la dermatología o la psiquiatría, han encontrado en la videoconsulta una herramienta especialmente útil: una buena fotografía de una lesión en la piel o una conversación tranquila desde el sofá de casa pueden bastar para orientar un diagnóstico o hacer el seguimiento de un tratamiento. En algunos servicios de salud mental, de hecho, los pacientes faltan menos a sus citas desde que pueden conectarse desde casa.
Sin embargo, la pantalla tiene puntos ciegos. El más evidente es la exploración física. Un médico no puede auscultar unos pulmones ni palpar un abdomen a través de una cámara, y hay síntomas que solo se detectan con el paciente delante. «En una consulta presencial observas cómo camina la persona al entrar, cómo se sienta, si le cuesta respirar mientras habla», explica Rojas. «Son detalles que a veces dicen más que lo que el paciente cuenta, y por video se pierden casi todos». Por eso, muchos médicos piden que la primera visita sea siempre presencial.
Existe también el riesgo de que la comodidad se imponga por razones que poco tienen que ver con la salud. Algunos profesionales advierten de que, ante la presión de las listas de espera, las administraciones podrían recurrir a la telemedicina para recortar gastos en lugar de mejorar la atención. Si una videoconsulta sustituye a una visita que el paciente necesitaba, el ahorro de hoy puede traducirse mañana en un diagnóstico tardío, mucho más caro para el sistema y, sobre todo, para el enfermo.
A ello se suma la llamada brecha digital. Las personas mayores, que son precisamente las que más acuden al médico, son también las que más dificultades tienen para manejar una aplicación, conectarse a una videollamada o enviar una foto con la calidad necesaria. En muchas zonas rurales, además, la conexión a internet sigue siendo lenta o inestable. Y no todos los hogares disponen de un rincón tranquilo donde hablar de la propia salud sin que lo oiga el resto de la familia. Paradójicamente, la tecnología que debía acercar la medicina a quienes viven lejos puede acabar dejando fuera a una parte de ellos.
La relación entre médico y paciente es otro aspecto que inquieta. Muchos pacientes aseguran sentirse igual de bien atendidos en una buena videoconsulta que en la consulta de siempre, pero numerosos médicos de familia defienden el valor de conocer a sus pacientes en persona, sobre todo cuando hay que comunicar una mala noticia o abordar un problema emocional. «La confianza se construye cara a cara», resume Rojas. «Una vez que existe, la pantalla puede ayudar a mantenerla, pero rara vez sirve para crearla».
Todo apunta a que el futuro pasará por combinar ambos modelos. Para Rojas, la clave está en decidir, caso por caso, qué consultas pueden hacerse a distancia y cuáles exigen la presencia del paciente, y en garantizar que nadie quede excluido por no tener un buen teléfono o una conexión fiable. Algunos centros ya ofrecen a los pacientes mayores la posibilidad de acudir a la farmacia o a la biblioteca del pueblo, donde alguien los ayuda a conectarse. La telemedicina, concluye la doctora, «es una herramienta excelente, siempre que no olvidemos que la medicina se ejerce con las manos y con los ojos, además de con la palabra».