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DELE C2 speaking task 1: Presentation

Expresión, mediación e interacción orales, tarea 1

Choose one of two topics and give a presentation of 5 to 6 minutes from your notes on two or three texts of 700 to 800 words in all and one or two charts.

Part of the 20-minute speaking and mediation test, with 30 minutes to prepare: 33.34 points.

How writing and speaking are rated

You prepare this task in the 30-minute preparation time.

Leer con los oídos

En los últimos años, los audiolibros han pasado de ser un formato minoritario a ocupar un lugar destacado en el mercado editorial, y muchos lectores alternan ya el papel, la pantalla y los auriculares. No todo el mundo, sin embargo, considera que escuchar un libro sea lo mismo que leerlo. Para preparar su intervención cuenta con tres textos y un gráfico; utilícelos todos y seleccione de cada uno la información pertinente. Prepare una exposición de cinco a seis minutos sobre los audiolibros en la que explique al entrevistador

Gráfico. Formato principal de lectura por edad, en porcentaje de lectores (datos de ejemplo)
EdadPapelLibro electrónicoAudiolibro
De 18 a 29 años 54 %21 %25 %
De 30 a 44 años 61 %19 %20 %
De 45 a 64 años 72 %16 %12 %
65 años o más 85 %9 %6 %
  • en qué consiste este formato y a qué se debe su crecimiento;
  • en qué se diferencian, según los materiales, escuchar un libro y leerlo;
  • qué ventajas e inconvenientes plantea y para qué tipo de lectores.

Texto 1. El libro que se escucha

Durante décadas, el audiolibro fue un producto casi marginal, asociado a las personas con discapacidad visual y a los largos viajes en coche. Se vendía en cajas de casetes o de discos compactos, era caro y el catálogo disponible en español resultaba escaso. Hoy basta con un teléfono y unos auriculares para acceder a miles de títulos, y las editoriales que hace diez años no producían ni uno lanzan ya la versión sonora de sus novedades el mismo día que la impresa.

El cambio tiene varias explicaciones. La primera es tecnológica: las plataformas de suscripción han convertido el audiolibro en algo tan cotidiano como escuchar música. La segunda tiene que ver con el tiempo. Muchos de los nuevos oyentes aseguran que no leerían de otro modo, porque escuchan mientras van al trabajo, cocinan o salen a correr, en ratos que antes no dedicaban a ningún libro. «El audiolibro no le quita tiempo al papel, se lo quita a la radio o al silencio», resume la responsable de una plataforma de audio.

Detrás de cada título hay, además, un trabajo poco conocido. Un buen narrador no se limita a leer en voz alta: decide el ritmo, distingue a los personajes y sostiene la atención del oyente durante diez o doce horas. Algunos autores prefieren grabar ellos mismos sus libros, y no siempre con éxito, porque escribir bien y leer bien en voz alta son talentos distintos.

El sector afronta ahora un dilema. Las voces sintéticas permiten producir un audiolibro en pocas horas y a una fracción del coste, lo que podría multiplicar el catálogo en lenguas con pocos hablantes o en títulos que nunca se habrían grabado. Los narradores profesionales advierten, en cambio, de que una voz artificial difícilmente transmite la ironía o la emoción de un texto literario, y reclaman que el oyente sepa siempre quién, o qué, le está leyendo.

Texto 2. ¿Escuchar es leer? Marta Ibáñez, profesora de Teoría de la Literatura

Cada vez que alguien me dice que ha leído una novela en audiolibro, siento la tentación de corregirle, y cada vez me contengo. La discusión sobre si escuchar es leer tiene algo de trampa, porque durante la mayor parte de la historia los textos se escucharon. La epopeya, el teatro o los romances vivieron en la voz mucho antes de vivir en el papel, y la lectura silenciosa e individual es, en términos históricos, una costumbre reciente.

Dicho esto, no son experiencias idénticas. Quien lee marca su propio ritmo: se detiene en una frase que le ha conmovido, vuelve atrás cuando se pierde, subraya, salta un párrafo que le aburre. Quien escucha cede ese control al narrador, y con él una parte de la interpretación, porque la voz decide dónde está la ironía o qué personaje merece simpatía. Lo que me preocupa no es el formato, sino el uso que hacemos de él. Muchos oyentes escuchan mientras hacen otra cosa, y una novela compleja difícilmente sobrevive a media atención. Es posible que la atención del oyente se entrene con la práctica, igual que la del lector, pero para eso hay que tratar el audiolibro como un libro y no como un ruido de fondo.

Sería injusto, sin embargo, ignorar lo que el audiolibro ha conseguido. Para muchas personas con dislexia o con problemas de visión ha abierto una puerta que el papel les cerraba. Y he visto a estudiantes que nunca habían terminado un libro engancharse a una novela gracias a un buen narrador y, después, buscarla en la biblioteca para releer sus capítulos favoritos.

Texto 3. Las bibliotecas también prestan voces

El préstamo de audiolibros en la red de bibliotecas municipales de Valdecastro se ha triplicado en los últimos cinco años, según la memoria anual del servicio. A diferencia de lo que ocurre en las plataformas comerciales, donde predominan los oyentes jóvenes, en las bibliotecas uno de cada tres usuarios de este formato tiene más de sesenta y cinco años, y muchos de ellos empezaron a escuchar libros cuando la vista ya no les permitía leer con comodidad. «Hay socios que llevaban años sin pisar la biblioteca y ahora vienen cada semana a que les ayudemos a descargar el siguiente título», explica la directora de la red, Rosa Medina.

Las bibliotecas organizan también talleres para aprender a manejar las aplicaciones y clubes de lectura en los que conviven participantes que han leído el libro y otros que lo han escuchado. Según Medina, en las tertulias apenas se notan diferencias entre unos y otros, aunque los oyentes suelen recordar mejor los diálogos y peor los detalles de las descripciones.

Model answer

Voy a hablar de los audiolibros a partir de tres textos y un gráfico. El primero es un artículo informativo sobre el crecimiento de este formato, el segundo es una columna de opinión de una profesora de Teoría de la Literatura, Marta Ibáñez, el tercero es una noticia sobre el préstamo de audiolibros en unas bibliotecas municipales, y el gráfico recoge el formato en el que leen principalmente distintos grupos de edad.

Empiezo por lo más básico: un audiolibro es la grabación de un libro leído en voz alta, normalmente por un narrador profesional, aunque a veces lo graba el propio autor. Según el primer texto, durante mucho tiempo fue un producto casi marginal, pensado sobre todo para personas con problemas de visión, caro y con un catálogo muy limitado en español. Eso ha cambiado radicalmente por dos motivos. Por un lado, la tecnología: hoy basta con un teléfono y una suscripción a una plataforma. Por otro, el tiempo. Mucha gente escucha libros mientras va al trabajo, cocina o hace deporte, es decir, en momentos que antes no dedicaba a la lectura. Me pareció muy reveladora la frase de una responsable del sector que cita el artículo: el audiolibro no le quita tiempo al papel, sino a la radio o al silencio.

El gráfico confirma, en parte, esta idea. El papel sigue siendo el formato principal en todas las edades, pero el audiolibro tiene un peso muy distinto según la generación: lo elige como formato principal una cuarta parte de los lectores de entre dieciocho y veintinueve años, frente a solo un seis por ciento de los mayores de sesenta y cinco. Llama la atención que entre los más jóvenes el audiolibro supere incluso al libro electrónico. Sin embargo, el tercer texto matiza esta imagen: en las bibliotecas de Valdecastro, donde el préstamo de audiolibros se ha triplicado en cinco años, uno de cada tres usuarios del formato tiene más de sesenta y cinco años, a menudo personas que ya no pueden leer con comodidad. Es decir, que los mayores no lo usen como formato principal no significa que no lo usen, y probablemente llegan a él por necesidad más que por comodidad.

En cuanto a la diferencia entre escuchar y leer, la profesora Ibáñez plantea una postura matizada. Recuerda que durante siglos los textos se transmitieron oralmente, de modo que la lectura silenciosa es, históricamente, una costumbre reciente. Pero también insiste en que no son experiencias idénticas. Quien lee controla el ritmo: puede detenerse, volver atrás o subrayar. Quien escucha cede ese control al narrador y, con él, parte de la interpretación, porque la voz decide dónde hay ironía o qué personaje resulta simpático. El primer texto apunta en la misma dirección cuando explica que un buen narrador no solo lee, sino que interpreta durante horas.

Por último, las ventajas y los inconvenientes. Entre las ventajas, yo destacaría tres: el formato aprovecha tiempos muertos, facilita el acceso a los libros a personas con dislexia o con problemas de visión y, según la profesora, puede servir de puerta de entrada para lectores poco habituales, que a veces acaban buscando el libro en papel. Los inconvenientes tienen que ver, sobre todo, con la atención. Si escuchamos mientras hacemos otra cosa, es difícil seguir una novela compleja. Curiosamente, la directora de las bibliotecas observa que en los clubes de lectura apenas hay diferencias entre quienes han leído y quienes han escuchado, salvo que estos recuerdan mejor los diálogos y peor las descripciones. Y hay un debate nuevo que plantea el primer texto: las voces sintéticas abaratan la producción y podrían ampliar mucho el catálogo, pero los narradores dudan de que puedan transmitir la emoción o la ironía de un texto literario, y piden que el oyente sepa siempre si le lee una persona o una máquina.

En resumen, creo que los materiales coinciden en que el audiolibro no sustituye a la lectura, sino que ocupa un espacio propio, y que sus ventajas dependen mucho del uso que hagamos de él.

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