Voy a hablar de los audiolibros a partir de tres textos y un gráfico. El primero es un artículo informativo sobre el crecimiento de este formato, el segundo es una columna de opinión de una profesora de Teoría de la Literatura, Marta Ibáñez, el tercero es una noticia sobre el préstamo de audiolibros en unas bibliotecas municipales, y el gráfico recoge el formato en el que leen principalmente distintos grupos de edad.
Empiezo por lo más básico: un audiolibro es la grabación de un libro leído en voz alta, normalmente por un narrador profesional, aunque a veces lo graba el propio autor. Según el primer texto, durante mucho tiempo fue un producto casi marginal, pensado sobre todo para personas con problemas de visión, caro y con un catálogo muy limitado en español. Eso ha cambiado radicalmente por dos motivos. Por un lado, la tecnología: hoy basta con un teléfono y una suscripción a una plataforma. Por otro, el tiempo. Mucha gente escucha libros mientras va al trabajo, cocina o hace deporte, es decir, en momentos que antes no dedicaba a la lectura. Me pareció muy reveladora la frase de una responsable del sector que cita el artículo: el audiolibro no le quita tiempo al papel, sino a la radio o al silencio.
El gráfico confirma, en parte, esta idea. El papel sigue siendo el formato principal en todas las edades, pero el audiolibro tiene un peso muy distinto según la generación: lo elige como formato principal una cuarta parte de los lectores de entre dieciocho y veintinueve años, frente a solo un seis por ciento de los mayores de sesenta y cinco. Llama la atención que entre los más jóvenes el audiolibro supere incluso al libro electrónico. Sin embargo, el tercer texto matiza esta imagen: en las bibliotecas de Valdecastro, donde el préstamo de audiolibros se ha triplicado en cinco años, uno de cada tres usuarios del formato tiene más de sesenta y cinco años, a menudo personas que ya no pueden leer con comodidad. Es decir, que los mayores no lo usen como formato principal no significa que no lo usen, y probablemente llegan a él por necesidad más que por comodidad.
En cuanto a la diferencia entre escuchar y leer, la profesora Ibáñez plantea una postura matizada. Recuerda que durante siglos los textos se transmitieron oralmente, de modo que la lectura silenciosa es, históricamente, una costumbre reciente. Pero también insiste en que no son experiencias idénticas. Quien lee controla el ritmo: puede detenerse, volver atrás o subrayar. Quien escucha cede ese control al narrador y, con él, parte de la interpretación, porque la voz decide dónde hay ironía o qué personaje resulta simpático. El primer texto apunta en la misma dirección cuando explica que un buen narrador no solo lee, sino que interpreta durante horas.
Por último, las ventajas y los inconvenientes. Entre las ventajas, yo destacaría tres: el formato aprovecha tiempos muertos, facilita el acceso a los libros a personas con dislexia o con problemas de visión y, según la profesora, puede servir de puerta de entrada para lectores poco habituales, que a veces acaban buscando el libro en papel. Los inconvenientes tienen que ver, sobre todo, con la atención. Si escuchamos mientras hacemos otra cosa, es difícil seguir una novela compleja. Curiosamente, la directora de las bibliotecas observa que en los clubes de lectura apenas hay diferencias entre quienes han leído y quienes han escuchado, salvo que estos recuerdan mejor los diálogos y peor las descripciones. Y hay un debate nuevo que plantea el primer texto: las voces sintéticas abaratan la producción y podrían ampliar mucho el catálogo, pero los narradores dudan de que puedan transmitir la emoción o la ironía de un texto literario, y piden que el oyente sepa siempre si le lee una persona o una máquina.
En resumen, creo que los materiales coinciden en que el audiolibro no sustituye a la lectura, sino que ocupa un espacio propio, y que sus ventajas dependen mucho del uso que hagamos de él.